Aunque la lidia de
toros se practica desde muy antiguo, en la segunda mitad del siglo XVIII se
produjeron en España una serie de novedades en su práctica que dio lugar a las
corridas de toros en su sentido moderno:
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El toreo a pie sustituye al de a caballo.
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Los protagonistas ya no son caballeros pertenecientes a clases altas, sino
gente del pueblo que se profesionaliza y cobra por su actuación.
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Nacen las ganaderías bravas y se comienza a seleccionar los toros para la
lidia, frente a la situación anterior de mera espontaneidad.
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Se construyen las primeras plazas de toros como edificios permanentes
destinados al festejo.
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Se escriben las primeras tauromaquias, que fijan la técnica y las normas y
van definiendo el arte de torear.
Existieron dos
corrientes regionales de cuya combinación surgió el toreo a pie: el ámbito
vasconavarro y el andaluz. La tauromaquia vasconavarra se basaba en los saltos,
en los recortes y en las banderillas, sin mayor sofisticación, mientras que la
andaluza se desarrollaba con lienzos y capas para engañar a los toros. Durante
algunas décadas ambos estilos se disputaron la primacía del público, saliendo
victorioso el modelo andaluz. De la tauromaquia vasconavarra dejó constancia
gráfica Francisco De Goya, que presenció los saltos de garrocha de Martincho,
del licenciado de Falces o de Juanito Apiñani en las plazas de Zaragoza y de
Madrid. La actual suerte de banderilla es el único legado que ha perdurado
de aquel toreo navarro en las corridas de toros, si bien siguen muy vivos los
espectáculos de saltos y recortadores en festejos populares.
Pepe Hillo, figura del toreo de la última década del siglo XVIII, en un grabado de Goya.
Con diversas
variaciones, se van estableciendo a lo largo del siglo XVIII todos los
elementos de las corridas modernas. Se considera al rodeño Francisco Romero
el padre del toreo moderno. Romero, fundador de una célebre dinastía, había
tomado parte en las últimas corridas caballerescas. Inventó la muleta, dividió
la lidia en tres tercios (varas, banderillas y muerte) y subordinó la cuadrilla
a las exigencias del diestro. Sin embargo, será su hijo Juan Romero y
sobre todo Pedro Romero (nieto de Francisco), Peoe Hillo y
Costillares, las primeras figuras conocidas, quienes ya en la década de los
setenta del siglo XVIII impongan de forma definitiva su visión del toreo frente
a la tradición navarra, muy semejante ya a la actual.
Una vez decantado el
toreo en favor de la idea andaluza, surge una nueva disputa entre toreros
andaluces a finales del siglo XVIII: los partidarios del estilo rondeño y los
del sevillano. Ambos se basaban en el toreo con capa, pero discrepaban en la
finalidad de la lidia: para los rondeños lo fundamental era la estocada, por lo
que todo se supeditaba a la preparación de la muerte del toro. Cuantos menos
capotazos mejor, para no agotar al toro y poderlo matar recibiendo (no conocían
el volapié). En cambio, los sevillanos consideraban que lo importante era
lucirse con la capa, mientras que la muerte era solo una forma de poner fin a
la faena cuando el toro ya estaba agotado. Costillares inventó la verónica y
el matar a volapié (fundamental, para poder dar muerte a toros aplomados tras
numerosos pases). También logró supeditar la labor de los picadores a las
necesidades de la lidia a pie.
Joaquin Rodriguez Costillares.

