El origen de las corridas de
toros en España hunde sus raíces en la cultura grecolatina que es introducida
en el proceso de romanización. El culto al toro como divinidad y su sacrificio
ritual está constatado en las civilizaciones minoica y otras del mediterráneo
oriental desde al menos la edad del bronce. Los romanos, que incorporan a su
propia cultura los mitos y divinidades de su zona de influencia, comienzan la
conquista de Hispania con su desembarco en Ampurias, en la actual Cataluña, en
el contexto de las Guerras Púnicas. La romanización, que comienza en la
Tarraconense y se extiende con los siglos a toda Hispania, instaura en la
cultura local los juegos y luchas de fieras, en las que el toro era un animal
de frecuente intervención, existiendo constancia de luchas contra osos, leones
y por supuesto seres humanos.
Cuadro anónimo "Corrida de toros en Benavente en honor de Felipe el Hermoso", realizado en 1506.
Durante
la ocupación visigoda y en los primeros tiempos del califato omeya, hay cierta
oscuridad sobre espectáculos taurinos, aunque la persistencia de los mismos en
etapas posteriores dan idea de que la arraigada costumbre pervivió intacta a
través del tiempo.
Hay
noticias documentadas sobre fiestas de toros en Cuéllar (Segovia) en el año
1215, año en el que su obispo decretó "que ningún clérigo juegue a los
dados ni asista a juegos de toros, y sea suspendido si lo hiciera". En el
mismo siglo Alfonso X El Sabio prohibió que dichos juegos se celebrasen por
dinero, lo cual apunta a la existencia de una "profesionalidad"
incipiente entre los dedicados a lidiar reses bravas. Y es que recorrían los
pueblos de España los llamados «matatoros» o «toreadores», divirtiendo al
público (y cobrando por ello) mediante la práctica del toreo a pie de forma más
o menos rudimentaria (sorteando o recortando a los toros, dándoles lanzadas o
saltos, etc.). Además, estaban los pajes
que, como parte de su servicio, ayudaban a los caballeros a lancear o rejonear
a caballo, realizando los quites cuando fuera necesario. Igualmente en el reino
nazarí de Granada también se documentan ciertos "juegos de fieras" en
la que es probable que participaran toros.
Ya en
el renacimiento, en 1542 la ciudad de Barcelona homenajea al príncipe Felipe,
futuro Felipe II de España, con "luminarias, danzas, máscaras y juegos de
toros". Miguel de Cervantes deja constancia de la cría de reses bravas
para estas fiestas en el incidente que sufre Don Quijote de la Mancha quien
grita a quien los transporta "¡Ea, canalla, para mí no hay toros que
valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas!",
apuntando la existencia de explotaciones ganaderas de intrínseca finalidad
taurina.
La
prohibición de torear a caballo que en 1723
Felipe V impuso a sus cortesanos, acarreó que los modestos matatoros y los
pajes empezaron a torear por su cuenta en las ciudades más importantes y a
desatar el entusiasmo del gran público.